Tienes la cara cubierta de silencio,
las manos fundidas
limpiando un fango de años en la espera,
un dolor hecho sangre en la mirada,
un gemido callado que no sale
y se queda rezagado en las entrañas.
Hay alguien en cada esquina que no grita,
alguien que esconde lo que siente,
alguien acosando los momentos,
que lucha por vencer lo que no sabe,
que sabe de libertad y no la alcanza,
que pasea su impotencia por las calles
y no respira.
No,
no respira aunque se ahogue,
no respira.
La tierra se alarga interminable,
definitivamente muda sin matices,
oscura en su centro y sus extremos
y no llegamos nunca a recorrerla.
El cansancio nos hunde en la miseria y la impotencia.
Y no llegamos,
no, no llegamos.
Porque las piernas se olvidan de dar el paso.
El paso definitivamente frenado en la desidia.


