sin norte y sin brújula,
hundiendo mis pies en las huellas
de otros pies, de otras piernas desahuciadas.
Tropezando con muros imaginarios,
rezando por no caer
de nuevo en la misma trampa del destino,
sorteando los badenes más lagrimosos del camino.
Con la soledad incrustada en mi piel
como puños de hierro que acorralan mi sendero,
que aniquilan mis ansias de un destino
y por doquier zancadillean mis pasos y mi equilibrio.
Trampas que me acechan
en cada recodo, en cada encrucijada
y que me impiden discernir qué soy ahora,
o qué he sido.
Recuerdos de ausencias trasnochadas
y marchitas, en la lejanía de unas horas,
de unos días, de unas noches,
de una felicidad que una vez tuve contigo.
Esa felicidad efímera que dejó
de ser eterna, para convertirse en este
trasiego de recuerdos lejanos y marchitos.
Y, en mi irremediable soledad, me sumerjo y me despido.
Me despido de esos tiempos
que ahora sólo son recuerdos angustiosos,
donde tu presencia se diluye
como un error de eternidades.


